Esta última semana ha estado repleta de movimiento: la preparación y organización del taller de cerámica, las últimas clases, las últimas sorpresillas...
Me encontraba tan nerviosa, triste e ilusionada por
enfrentarme al último día… La clase sucedió como cualquier otra, los chicos y
chicas trabajaron en sus respectivas actividades; pero llegó el momento de
despedirnos. Me dispuse a entregarles unas chocolatinas que había comprado para
agradecerles, mediante un dulce y pequeño detalle, lo buenos, comprensivos,
abiertos, cariñosos y participativos que habían sido conmigo. Y también para
que se llevasen un dulce recuerdo de mí.
Para mi sorpresa, los chicos y chicas habían preparado una carpeta repleta de dibujos, cartas y dedicatorias. Cuando se acercaron a dármelo sentí el corazón a mil revoluciones y fue prácticamente imposible controlar las lágrimas. Iba a echarlos tanto de menos… En estos momentos me es casi imposible ver las letras que escribo por culpa de los brotes de lágrimas que se encuentran en mis ojos, pero no necesito ver. Me encuentro sola, sentada en el asiento delantero de mi coche, intentando recomponerme y aceptar que hoy, tristemente, es el último día de esta experiencia.
Las últimas veces siempre me han parecido duras. Odio las despedidas, y soy un completo desastre y un manojo de nervios en ellas. Las últimas veces suponen conceptos que, casi, no soy capaz de aceptar y superar. El hecho de despedirte de alguien supone la pérdida de la costumbre, la rutina, y abrazar el desconcertante hecho de que, puede, no vuelvas a ver a esa persona. No volver a ver a Inma, a cada niño y niña, a mis compañeras de prácticas, los demás profesores y compañeros de cafetería. Todas esas bellísimas personas que conformaban y cerraban en círculo que esto supone.
Estoy intentando encontrar las palabras perfectas que describan lo que siento, pero es muy difícil ya que es muy fuerte. Únicamente me sale dar las gracias. Agradecer al destino, a la Universidad, al instituto IES Sabinar, a los alumnos y alumnas, profesores y profesoras, y a Inma…
A ti, quisiera
dedicarte unas palabras:
No existe en el mundo forma posible de agradecimiento. Gracias por ser mi mentora, mi profesora, mi tutora, mi compañera, mi amiga, mi confidente, mi núcleo de sabiduría, mi hombro en el que llorar y, a veces, mi hogar en el que refugiarme, mi MADRE. Sé que puede parecer exagerado, pero… es así. Me considero alguien que sabe leer a las personas, y que conecta rápidamente con las buenas, las de alma pura, y tu Inma… Tu eres una de ellas.
Hoy me despido de esta experiencia, pero sé que no me
despido de ti. A nosotras aún nos queda mucho recorrido. Necesito seguir
sabiendo de ti, necesito tu apoyo, necesito que me sigas enseñando. Te necesito.
Yo hoy debo continuar y marchar, y sé que estaremos separadas pero, como ya te dije, este es sólo el prólogo de mi historia, tu
historia: nuestra historia. Y sé que continuaremos escribiendo muchos capítulos de ella.
Raquel Alaminos

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