REFLEXIÓN (Semana 1-2)
Pensándolo bien ni siquiera era consciente, días antes del comienzo de mis prácticas en un instituto, de lo que ello supondría.
Normalmente,
la noche anterior a algún acontecimiento importante no puedo conciliar el sueño.
Me quedo con los ojos cerrados imaginando y generando, mentalmente, posibles
situaciones o pequeñas escenificaciones de lo que podría ocurrir.
Aunque
esta vez fue distinto.
Dormí plácidamente.
Ajena y completamente inconsciente a todo lo que me rodeaba. Ajena, incluso, a
mis propias expectativas, mis propios nervios y característicos miedos. Por la
mañana, realicé mis rutinarias tareas sin problema alguno y abandoné mi casa
para adentrarme, con nervios de acero, en esta nueva aventura.
Llegué sin
ningún problema al instituto, aunque, como siempre, con el tiempo pisándome los
talones. Me adentré y, sin siquiera darme cuenta, estaba teniendo mi primera
reunión con una miembro de la coordinación del centro, asintiendo con la cabeza
interesadamente y con convicción, como si entendiese alguna de las palabras
técnicas o siglas que nombraba repetidamente.
Una vez
terminado el primer acto de mi maravillosa actuación, procedimos a ser presentadas
ante nuestros tutores académicos.
Y allí, en
aquella sala en la que tantas veces imaginé estar, me encontré con Inma, una peculiar
mujer que llegó arramblando con todo a su paso; acompañada de grandes carpetas
y una energía explosiva. Recuerdo lo realmente tranquilizante que fue su
cercanía y su sencillez, la forma tan directa y agradable de comunicarse. Me
hizo sentir, al instante, parte de la experiencia. Una igual.
También
tuve la maravillosa oportunidad de conocer a algunos integrantes del elenco de docentes
del centro, los cuales me recibieron con los brazos abiertos; y con los que
pude intercambiar algunas palabras y conocerlos un poco más: sus
especialidades, su recorrido, sus anécdotas, sus expectativas de futuro, etc.
Sin darme
cuenta y tan de prisa como arrancarse una tirita de golpe, me encontraba sumergida
en la clase de 1º ESO. El entorno podría describirse como una selva repleta de
pequeños monitos revoltosos, saltando de un extremo a otro de la clase,
interactuando entre ellos, casi incontrolables.
En cuanto
pudieron percatarse de mi presencia, me miraron con incertidumbre y asombro, aunque
estoy segura de que mi asombro e interés por ellos era mil veces mayor.
Fue justo
en ese momento en el que me sentí plena, repleta y rebosante de la vocación de la
que ya era conocedora, pero no había tenido la oportunidad de poner a prueba. Fue
una sensación maravillosa y estimulante. El hecho de darte cuenta de que, por
una vez, no te has equivocado y estás en el lugar correcto, para el que estabas
destinada a estar. Y el tiempo se para y, de repente, eres capaz de percibir
cada pequeño detalle que ocurre en el aula: sus miradas y cuchicheos, la forma
en la que, estratégicamente, colocan los materiales sobre la mesa, su
comunicación gestual, incluso sus pensamientos. Todo.
Inma me
miró y en ella, instantáneamente, pude interpretar: “Qué empiece el show”.
Esta sensación
fue repitiéndose en cada presentación de los cuatro cursos. Y las sensaciones
de seguridad y felicidad por el camino elegido y el lugar en el que me
encontraba, incrementaban exponencialmente.
Las clases
fueron sucediendo, y allí me encontraba yo, tomando notas como una loca,
intentando no perder ni un sólo detalle de ellos: sus características, sus interacciones e
intereses. El comportamiento general de la clase, al igual que los problemas
que iban surgiendo en el aula. Tomando registro y generando informes
para que puedan tomar constancia y aprender de ello.
Mis
primeras dos semanas sucedieron casi sin darme cuenta, y con ellas, mi periodo
como observadora. La aventura, como todo en la vida, avanza y se complica.
Ahora,
comenzaré a intervenir en clase y a impartir algunas de ellas.
Sigo sin
sentir nervios, lo único que siento son unas inmensas ganas de comenzar, interactuar
con los alumnos y poder enseñarles e intentar inculcarles todo el amor que
siento por las artes y su beneficio, y que creo infinitamente necesarios para
este viaje que es la vida.
Intentar enseñarles otro medio con el que poder comunicarse con su entorno, mucho más personal, interno y poético. SANADOR.
Esto es sólo el comienzo, volveré con más noticias. Anécdotas, reflexiones y aprendizaje que contar. Por ahora: “El show debe continuar”.

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