REFLEXIÓN (Semana 3)
Los días transcurrían casi sin darme cuenta.
Las horas de clase, que un día me parecieron eternas, ahora parecen parpadeos. Atender las necesidades de todos los niños y niñas, contestar a sus ingenuas e interesantes preguntas, observar y atender a cada detalle.
Las clases suceden y, con ellas, incrementa mi capacidad de adaptación y aprendizaje en esta profesión tan necesaria y maravillosa. Es curioso encontrarme asistiendo a clases a las que tantas veces he atendido durante todo mi recorrido académico que, no siendo tan largo, se siente como lustros.
Pero ahora es distinto, la perspectiva ha dado un giro de 180º. Continúo atendiendo, pero esta vez me centro en la forma de expresión de la profesora, su método de enseñanza, su gestualidad, la forma en la que capta la atención de los alumnos y los recursos que utiliza durante las sesiones. Intento, por todos los medios, no perder ni un sólo detalle que pueda ser relevante.
Aprovechando el hecho de que me sitúo en los pupitres junto a los alumnos, me parece muy interesante poder conocer, desde dentro, su comportamiento, comentarios, las cosas con las que se distraen y el tiempo en el que ocurre, las cosas que captan su atención para así, en un futuro, poder adaptar mis sesiones educativas a las necesidades, gustos y ritmos de mis alumnos y alumnas.
Es fascinante poder observarlos desde tan cerca, pero esta vez, con una perspectiva más madura y analítica.
Cada curso, cada clase, es un mundo.
Casi no puedo quepo en mí, ni puedo expresar lo feliz que me siento al tener la oportunidad de participar en esta experiencia y enriquecerme tanto de ella, aprendiendo de edades tan diversas con las que comparto este camino. Es casi abrumador.
En los cursos de 1º ESO, como comenté en la anterior entrada, es como adentrarse en una selva, una sala llena de pequeños y revoltosos monitos; ingenuos y llenos de energía, vibrantes e incontrolables. Llenos de vida. Esa sensación se repite en los cursos de 2º ESO, aunque con ciertos matices de diferencia.
En este caso, evolucionan a pequeños homo habilis, continúan siendo pequeños seres alborotados y energéticos, aunque no tan ingeniosos ya que, como bien sabemos, a esa edad nos encontramos un tanto distraídos de la realidad, centrando toda su energía en otros ámbitos. Pero, aún así, incrementa su ritmo de trabajo, su capacidad de adaptación, comprensión y organización.
Por otro lado, he tenido la oportunidad, también, de poder comparar las diferentes etapas con sus respectivas edades, observando también las clases de 1º y 2º de Bachillerato. La diferencia es abismal. Los alumnos, esta vez, han evolucionado a homo habilis, desarrollando su potencial e incrementándolo. Su madurez es muy notable, tanto en el proceso del trabajo, como en el resultado.
Es impresionante poder ver el proceso de madurez personal reflejado en cada curso.
Como he apuntado anteriormente, efectivamente, he podido ver de primera mano que cada curso, cada clase, es un mundo. Y en él, se puede entrever una cantidad infinita de caminos, de rutas. Cada vez que te adentras en una, no sabes dónde te deparará ese camino, qué ocurrirá en él y cómo puede llegar a cambiarte esa experiencia.
Y aquí me encuentro, afortunada y venturosamente, ateniendo a adentrarte y caminar hacia rutas salvajes.
-Raquel Alaminos

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